¿Algo ha cambiado?, por Víctor Maldonado

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Dos son los peligros de este momento venezolano. La insensatez de la ainstrumentalidad, y la evasión de la realidad, tal y como es, sin clausulas condicionales, sin el arrebato de los deseos, sin la perversión del fiasco grupal. Tenemos que comenzar a construir con realismo, capacidad resolutiva, y teniendo presente un proyecto de país que tenga previsto el abordaje de lo que va a ser una difícil transición, y la necesidad de estabilizar un curso de acción que resuelva problemas y garantice la paz.

Algunos extraños intereses nos han confiscado el significado de las imágenes y los contenidos de la verdad. Para los que nos agotan preguntándonos qué es lo primero que hay que hacer, la respuesta está en los preliminares. Tenemos que comprender nosotros, y ayudar a comprender a los demás lo que estamos viviendo: una dictadura totalitaria, cuya ideología es el marxismo degradado, con una práctica represiva y un afán destruccionista que son parte de los atributos conspicuos de todos los que plantean una revolución como génesis de un futuro mejor. Algunos reniegan de los diagnósticos, como si ellos fueran una pérdida de tiempo. Pero no es así. Con la verdad por delante hay que salir a ganar corazones y conciencias hasta lograr activar lo que hoy parece y es una población apaciguada. Hay muchos intereses asociados a la confusión y a la incongruencia, por lo que lo primero que hay que hacer es deslindar la verdad del fraude, la farsa de la realidad, los traidores de los leales, los colaboracionistas de los que se arriesgan, los perversos de los honestos. ¿Y saben por qué es importante? Porque los intereses y el miedo han retardado hasta la náusea lo que pudo estar claro desde el primer momento. Eufemismos como “democracia degradada” y negativas pusilánimes a declarar que esto es una dictadura no han hecho otra cosa que impedir una necesaria unanimidad en cuanto a las características del adversario. Por muchos años, intelectuales, opinadores, negociantes y políticos han evitado una caracterización fiel del régimen, dándole con eso la ventaja de la confusión interna y un aval internacional a su reputación. Nos hemos negado a conocer el talante del contrincante, sacrificando con eso posibilidades de lograr el cambio político que es necesario para superar las actuales circunstancias. Nunca podremos vencer al que no conocemos apropiadamente.

La ainstrumentalidad es la incapacidad para producir soluciones y salidas estratégicas. Hay una cultura de la preocupación metafísica que impide tocar tierra. Todo se disuelve en improvisación y falacias. Todo resulta un sinsentido irrevocable. Para instrumentar soluciones hay que conocer las propias capacidades tanto como tener claro quién es el adversario. Es pensar en lo que somos realmente capaces de hacer, y cuáles son las condiciones para convocar a los ciudadanos para que participen en el esfuerzo de cambio político que cada día resulta más imprescindible. Una condición ainstrumental también se fundamenta en la mentira -esta vez en el autoengaño- y en una flacidez imaginativa que nunca juega a favor. Cuando no se tiene ni la más remota idea de lo que realmente se puede lograr, lo más cómodo es jugar al populismo y al terror de las dicotomías sangrientas. Baste recordar la más famosa y mejor apuntalada por el establishment entreguista, esa que predice una guerra civil como única alternativa al diálogo, sin caer en cuanta que están auto-administrando dosis de terror a los que deberían ser convocados al coraje ciudadano. No es despreciable la tarea de mejorar el apresto propio, de limpiar la casa, de poner orden, y de hacer un inventario de las capacidades, y su alcance.

La indisciplina es un corolario espantoso de ambos aspectos. Nada peor en la política que el no tener iniciativa estratégica. Jugamos en el tablero ajeno porque renunciamos a mantener vigente el nuestro. Respetamos y acatamos instituciones que nos juegan sucio. Negociamos con el enemigo, le pasamos información valiosa, no somos capaces de intentar siquiera un intercambio, y además nos enajenamos apoyos cruciales, porque nadie entiende tanta afabilidad con quien decimos un minuto antes que no respeta ninguna regla. Dejamos que aplasten nuestra estrategia sin rozar siquiera la del contrincante. Nos da miedo refutar sus ideas, tal vez porque aspiramos a ser la versión buena de lo que es intrínsecamente malo. Nos asusta renunciar al populismo meloso, tal vez porque no imaginamos una alternativa con la que nos sintamos cómodos. Pero no pensamos que cada vez que hablamos y actuamos como ellos, los ratificamos, le damos oxígeno a su estrategia, y matamos la nuestra.

No tomarse en serio al régimen nos ha mantenido en sus garras por cerca de veinte años. No se despreciaron sus ideas, pero fueron descalificados como sus implantadores. Y sucede que no debió haberse hecho ni lo uno ni lo otro. Nadie ahora se quiere reconocer en la identificación masiva con eslóganes como la década perdida, la necesidad de refundar la república, y los poderes supraconstitucionales de una asamblea constituyente, todas ideas de Chávez que fueron compradas a precio de saldo por una sociedad inexplicablemente resentida. ¿Recuerdan “pero tenemos patria”? Eso los catalizó en la primera fase de una crisis que debió ser terminal y concluyente. ¿Recuerdan la tibia reacción política ante el Dakazo de noviembre de 2008? Eso les permitió intentar una y otra vez el arrase de sectores comerciales y productivos, sin que alguien saliera a advertir que con eso se estaba amenazando la libertad. El problema subsiste. El discurso centrado en el empoderamiento de los pobres ha sido calcado por la alternativa que incluso dice que “la verdad hay que subir a buscarla en los cerros, y que Venezuela no es solamente la clase media”. Nada más populista que eso, y nada más injusto con una clase media leal hasta la muerte y el desprecio.

Mimetizarse con el chavismo es el peor negocio político concebible. Sin contraste de ideas tampoco es posible el contraste del país alternativo que pueda enganchar y convocar a la lucha. Pero no solo eso. Lo cierto es que nunca se ha intentado atacar su estrategia, nunca se ha intentado construir una segmentación diferente, y por eso ha sido tan difícil el salto a la alternativa. Cuando la gente pregunta ¿qué tenemos que hacer para dar el salto desde la crítica? Aquí una segunda respuesta: Hay que desafiar la estrategia del chavismo-diosdado-madurismo, presentando una alternativa mejor y diferenciada, segmentando el mensaje más allá del populismo pobretológico, y rompiendo las alianzas naturales de la coalición inestable con los ciudadanos, y las razones de la coalición. Eso requiere incrementar los costos, y no ser los perdonavidas habituales que hasta ahora hemos sido.

Todas las revoluciones se parecen en su sino trágico. Todas ellas hablan de desarrollo mientras el pueblo entero está falto de las cosas más elementales. El autócrata promete cosas para los próximos veinticinco años, pero el pueblo sabe que las promesas no son más que palabras vacías. La agricultura ha sido destruida, ha empeorado la situación de los obreros y de los campesinos, la independencia de nuestra economía es una ficción. ¿Qué revolución es aquella que paraliza las fuerzas vitales de su pueblo, y lo somete junto con su cultura, a una dictadura extranjera? ¿Les parece descriptivo de lo que estamos viviendo? Recuerden que todas las revoluciones se parecen. No nos estamos refiriendo a la revolución bolivariana. Es el discurso que una y otra vez, por todos los medios a su alcance, pronunció un anciano imán iraní que vivía exiliado en una pequeña ciudad de Irak, Nadjaf, desde donde organizó la caída del Sha Mohammad Reza Pahleví. Entonces, cuando la gente pregunta ¿qué podemos hacer? Aquí y ahora denunciar y contrastar porque se trata de conquistar voluntades y corazones.

Más adelante, Ryszard Kapuscinski advierte que las condiciones objetivas: la miseria generalizada, la opresión, los abusos escandalosos, no son causal suficiente para el cambio político. “Es necesaria la toma de conciencia de la miseria y de la opresión, el convencimiento de que ni la una ni la otra forman parte del orden natural del mundo. Experimentarlas no es, en absoluto, suficiente. Es imprescindible la palabra catalizadora, el pensamiento esclarecedor. Por eso los tiranos, más que al petardo o al puñal, temen a aquello que escapa a su control: las palabras. Palabras que circulan libremente, palabras clandestinas, rebeldes, palabras que no van vestidas de uniforme de gala, desprovistas del sello oficial”. ¿Qué es entonces lo que debemos hacer? No podemos callar. No debemos guardar silencio. Hay que intentar una cruzada cotidiana, visualizando un país mejor. Hay que hacer evidente el contraste entre lo que vivimos y las condiciones en las que podemos vivir. Y ese esfuerzo es una opción que todos tienen a la mano.

La gente inquiere con angustia qué podemos hacer, cómo se pasa de la crítica a la acción, pero muchas veces esa pregunta es retórica, una forma de miedo y acusación, al fin y al cabo, todos aspiran a una normalización mágica de la situación, ideal imposible de satisfacer, lamentablemente. Pero todo eso no nos excusa de intentar una respuesta: Todos tenemos que hacer lo que está a nuestro alcance y un poco más: Poner nuestros talentos a disposición del esfuerzo de cambio. Vale la pena recordar la epopeya evangelizadora de Pablo, y las respuestas que solía dar a preguntas similares. En su carta a Los Romanos recomienda que “usemos los dones diversos que poseemos, según la gracia que nos han concedido: por ejemplo, la profecía, regulada por la fe, el servicio, para administrar; la enseñanza para enseñar; el que exhorta, exhortando; el que reparte, con generosidad; el que preside, con diligencia; el que alivia, de buen humor”… y practicando esa unidad de fe, conocimiento y convicción que “nos evite ser juguete de las olas, zarandeados por cualquier ventolera de doctrina, por el engaño de la astucia humana, por los trucos del error”, tal y como recomienda en su carta a Los Efesios. Pero también hace falta dirección de calidad.

¿En qué consiste esa dirección de calidad? Alguna vez escribí que Pablo solo tenía tres condiciones para enfrentar la colosal dificultad de fundar la iglesia: Sus convicciones, sus ganas y una capacidad muy notable para predicar, presentar argumentos y convencer a los demás de su validez. Frente a la fuerza de ese espíritu no hubo forma de que un imperio aliado con una religión establecida pudiera ganar. A la larga nadie recuerda quién o quienes conspiraron, apedrearon, pisotearon, laceraron o persiguieron al apóstol. A la larga el único que se mantiene con esplendor es Pablo, apóstol, misionero, predicador y, pañero y tendero de profesión.

Las lecciones de Pablo son indispensables. Por eso las reitero, porque nada ha cambiado como para prescindir de sus lecciones. Todavía enfrentamos un régimen opresivo y criminal. Capaz de todo menos de respetar nuestros derechos y libertades. Una dictadura comunista que se alimenta de nuestros miedos, nuestras evasiones y de la incapacidad manifiesta para instrumentar la resistencia y la oposición. Aquí y ahora ese es nuestro desiderátum. Si falta modelaje podemos acudir a Pablo, incansable, tenaz, valiente, predicando, visitando, escribiendo, dirigiendo, aconsejando, tejiendo redes, articulando posiciones y demostrando valentía y coraje. Él pudo, sin vehículos, sin telecomunicaciones y sin recursos. Él pudo solo, transitando caminos y peligros, con la única fuerza de un mensaje integrador y alternativo, retador y diferente, que exigía y convocaba, que desafiaba y que confrontaba, hasta el punto de desnudar al engaño, la mentira y el fraude de la fuerza, incapaz como siempre lo ha sido, de construir instituciones morales duraderas. Este párrafo lo escribí el 14 de marzo de 2009. Ocho años han pasado y todavía sigue vigente como programa todavía por realizar. Esa vez escribí un epígrafe con una frase de Napoleón Bonaparte: “Al final el sable siempre es vencido por el espíritu”. Lo cierto es que mientras permanezcamos al margen de la epopeya moral que significa vencer al mal, nada será posible.

victormaldonadoc@gmail.com

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