Ambiente de toque, por Ibsen Martínez

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El beisbol es lengua franca en la cuenca del Caribe. En el español hablado en esta parte del mundo la palabra admite acento grave o agudo. Béisbol o beisbol; da igual: su duende y su hermenéutica son los mismos.

Tengo muy presente que la mayor parte del continente habla “fútboles” y que con seguridad no me haré entender de muchos lectores iberoamericanos, pero no sé hablar de lo que pueda ocurrir en Venezuela en las próximas semanas sino en parla beisbolera. El beisbol, como realidad y representación, se me antoja muchísimo más iluminador que todo lo que pueda sugerir el ver congéneres embocando balones a patadas en una malla, vaya dicho con todo respeto por los lectores de Arrigo Sacchi. Pues bien, lo que se presiente y se respira actualmente en Venezuela es lo que Buck Canel, un gran comentarista beisbolero de la era radiofónica, llamaría “ambiente de toque”.

Canel, valga la digresión, nació en la Argentina de padres estadounidenses y famosamente se le atribuye el aforismo “el beisbol es un deporte de pulgadas”. Para aclarar el significado de lo que, durante un partido de beisbol, pueda crear un ambiente de toque, forzosamente hay que hablar de una de las jugadas de más difícil ejecución entre todas las que alienta la doctrina estratégica llamada “pelota caribe”. Esta doctrina requiere que el equipo a la ofensiva haga avanzar sus jugadores base por base, a pulso, recurriendo a la astucia y la sorpresa más que a la fuerza. La pelota caribe prefiere “robar” almohadillas a “barrerlas” con un jonrón.

De todas las astucias caribes, la más exigente quizá sea el squeeze play, jugada a la que solo se recurre en un final de partido empatado, en la mismísima segunda parte de la novena entrada, con un hombre en tercera base, dos outs en la pizarra y cuenta máxima para el bateador. Comprendo perfectamente que, luego de leer esta jerigonza, cualquier amante del fútbol me mande a freír monos.

Para un bateador, el squeeze play, o toque sorpresa, consiste, no en golpear, sino en acariciar, tocar apenas con el madero la bola que le lanzan, restándole ímpetu y haciéndola rodar suavemente en la grama interior, a contratiempo del ritmo de juego que espera el equipo defensor. Así, el bateador se sacrifica sin alcanzar siquiera la primera base pero, antes de que el árbitro sentencie el tercer y último out, el corredor de tercera se lanza a anotar el tanto decisivo. No bien el manager atacante ordena el toque, las graderías callan, como callan los tendidos a cierta hora grave de la fiesta brava, pues el toque sorpresa no siempre funciona y, antes bien, resulta catastrófico.

La Mesa de Unidad Democrática (MUD) venezolana ha llamado a los ciudadanos a declararse abiertamente en rebeldía constitucionalista y a continuar desafiando en las calles los designios totalitarios de un régimen inicuo y probadamente asesino. Pero al mismo tiempo, junto a importantes desprendimientos del chavismo, ha propuesto un toque de bola sorpresa: la Asamblea Nacional, de mayoría opositora y facultada para ello, someterá a consulta de los votantes la “convocatoria” a una fraudulenta asamblea constituyente hecha por Nicolás Maduro. Y esto solo semanas antes de lo que puede ser el zarpazo final del narcomadurismo contra la democracia y el Estado de Derecho.

Maduro no contaba con un plebiscito no oficializado por el obsecuente colegio electoral venezolano que, de realizarse plenamente, tendría el significado político de legitimar la insurrección general.

Tampoco los mandos del Ejército que se verán ante la disyuntiva de asesinar a sus compatriotas o hacer cumplir las leyes.

Hay ambiente de toque.

@IBSENMARTINEZ
El Nacional

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