Conocido como el médico de los pobres José Gregorio Hernández: Vida y curiosidades

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Primeros años

José Gregorio Hernández Cisneros nació el 26 de octubre de 1864 en el pueblo trujillano de de Isnotú, donde estudió sus primeras letras. Era hijo de Josefa Antonia Cisneros (fallecida cuando José Gregorio tenía ocho años) y Benigno María Hernández, comerciante y boticario acomodado. El lugar natal de Hernández es hoy un importante centro de peregrinación e incluye una capilla y un museo con piezas personales del médico, así como catorce pinturas sobre su vida realizadas en 1964 por el artista ucraniano Iván Belsky.

En 1877, Hernández se trasladó a Caracas para cursar el Bachillerato en Filosofía en el prestigioso colegio Villegas, donde se graduó en 1880. Ese mismo año ingresó a la Universidad Central para estudiar medicina.

José Gregorio Hernández obtuvo su título de doctor con honores el 29 de junio de 1888 y regresó a Isnotú, donde trabajó como médico rural durante algunos meses. Su suerte cambió radicalmente cuando uno de sus profesores logró que el Gobierno venezolano le otorgara una beca para perfeccionar sus conocimientos en París, principal centro científico de la época.

Logros científicos

La inmensa popularidad actual de José Gregorio Hernández se debe ante todo a sus méritos religiosos. Pero incluso si éstos últimos se dejan de lado, el médico de Isnotú seguiría ocupando un lugar destacado en la historia venezolana, pues su labor fue fundamental para el desarrollo de la medicina moderna en nuestro país.

Los gobiernos civiles de Juan Pablo Rojas Paúl (1888-90) y Raimundo Andueza Palacio (1890-92) invirtieron importantes recursos en la modernización de la ciencia nacional mediante la creación de un gran centro hospitalario (el actual Hospital Vargas de Caracas) que contara con los principales adelantos médicos de la época, así como un laboratorio que formara a los nuevos profesionales con las técnicas y equipos más avanzados. La capacitación de médicos criollos en Europa para que trajeran conocimiento e instrumental actualizados a Venezuela era fundamental para la puesta en práctica de estos proyectos. Fue así como José Gregorio Hernández, a la edad de 25 años, partió a la capital francesa en 1889.

En París, Hernández cursó estudios de microscopia, fisiología experimental y bacteriología. Tuvo entre sus profesores a Charles Robert Richet, ganador del Premio Nobel de Medicina en 1913. Regresó a Venezuela en 1891 y de inmediato se entregó a su labor modernizadora. Aunque no fue el primero en traer microscopios al país como todavía se suele afirmar, sí introdujo instrumental médico de última generación inexistente hasta entonces en Venezuela.

José Gregorio Hernández fundó varias cátedras médicas, estableció el laboratorio del Hospital Vargas según el modelo de la Escuela de Medicina de la Universidad de París y fue miembro fundador de la Academia Nacional de Medicina. Se le considera el iniciador de la medicina experimental en Venezuela, lo que llevó al historiador Oscar Yanes a afirmar que Hernández “sacó a la medicina venezolana de la Edad Media y la llevó al Renacimiento”. Asimismo, se conservan más de siete mil récipes de su puño y letra, los más antiguos hechos en Venezuela.

Hernández también publicó varios trabajos de investigación, ejerció la docencia durante 28 años y formó a otras grandes figuras de la medicina criolla como Rafael Rangel, Domingo Luciani y Leopoldo Aguerrevere. Sus alumnos lo recuerdan como un maestro riguroso, exigente, puntual y de gran claridad expositiva. Solo aplazó a quince de los casi setecientos estudiantes que tuvo durante su práctica docente.

Los méritos intelectuales de José Gregorio Hernández rebasaron lo estrictamente científico. Hablaba con fluidez seis idiomas (entre ellos el francés, el inglés y el latín), tocaba con maestría el violín y el piano e incluso llegó a escribir unos “Elementos de Filosofía” (1912), en los que hizo gala de su cultura humanística.

Fervor religioso

José Gregorio Hernández fue un ferviente católico desde su infancia. Era especialmente sensible con sus pacientes de menos recursos, a los que atendía sin cobrarles. En la entrada de su consulta tenía una bandeja en la que sus clientes colocaban lo que pudieran pagarle y de donde incluso podían retirar dinero si así lo necesitaban. Estos méritos le hicieron ganar una justa reputación de filántropo entre sus vecinos caraqueños.

A lo largo de su vida, Hernández intentó abrazar la vida religiosa en tres ocasiones, pero los resultados siempre le fueron adversos. En 1908 ingresó como novicio en el monasterio cartujo de Farneta, cerca de la ciudad italiana de Lucca, y adoptó el nombre de fray Marcelo. Pero los rigores de la vida monástica (duros trabajos manuales, temperaturas de hasta cuatro grados bajo cero en invierno y comida escasa) lo hicieron abandonar esta tentativa luego de diez meses.

De regreso en Caracas, el médico ingresó en el Seminario Metropolitano en 1909, pero lo abandonó un mes después. Por último, viajó a Roma en 1913 para estudiar en el Colegio Pío Latinoamericano y ordenarse sacerdote jesuita, aunque de nuevo tuvo de renunciar a sus aspiraciones y volver a Venezuela tras enfermar de tuberculosis. A partir de entonces se dedicaría de forma exclusiva a su labor médica y docente.

En 1917 Hernández viajó a Estados Unidos para cursar nuevos estudios de Embriología e Histología. Desde Nueva York envió a su familia una fotografía de cuerpo entero que años después le sirvió de modelo al artesano Ugo Bartoli para fabricar la imagen más popular y difundida del “médico de los pobres”.

Día trágico y años posteriores

El 29 de junio de 1919 tenía las señales de ser una jornada feliz para José Gregorio Hernández: Se cumplían 31 años de su graduación como médico y el día anterior se había firmado el Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Hernández le confesó a un amigo que este último hecho le alegraba mucho, pues había ofrecido “su vida en holocausto” por la paz del mundo.

Hernández estaba en su casa cuando a comienzos de la tarde tocaron a su puerta para informarle que una anciana paciente suya estaba muy enferma. El médico salió a la calle y caminó hasta una botica ubicada en la esquina de Amadores, en la parroquia caraqueña de La Pastora, donde solicitó la preparación de un medicamento para la mujer.

En 1919 circulaban en Caracas cerca de seiscientos vehículos. El primer automóvil había llegado a la ciudad en 1904 y el único accidente de tránsito había ocurrido el 1 de julio de 1913. Trece días antes de aquel 29 de junio, un mecánico de 25 años llamado Fernando Bustamante había obtenido la documentación que lo acreditaba como el chofer número 444 de la capital venezolana.

El 29 de junio, Bustamante transitaba por las calles de La Pastora en su vehículo Hudson Essex 1918. Cuando pasó por la esquina de Amadores, maniobró para sobrepasar un tranvía estacionado. En ese momento el guardafango del carro tropezó con alguien que cruzaba la calle y que intentó mantener el equilibrio tras el impacto. Pero al final cayó y su cabeza golpeó contra el borde de la acera. Bustamante corrió a auxiliarlo y vio que se trataba de José Gregorio Hernández, quien había salido de la botica para seguir a la casa de su paciente. Eran las 2 y 15 de la tarde.

Bustamante conocía y estimaba al doctor Hernández, pues éste había atendido a su madre y esposa sin cobrarles nada y había aceptado ser el padrino de su hijo por nacer. El chofer subió al médico a su carro y lo llevó hasta el Hospital Vargas, donde falleció a causa de una fractura en la base del cráneo. Tenía 54 años de edad.

La muerte de José Gregorio Hernández conmocionó a la sociedad caraqueña. Cerca de 30 mil personas se amontonaron en las calles para presentarle sus últimos respetos. El cortejo desde la Universidad Central hasta el Cementerio General del Sur, donde tuvo lugar el entierro, empezó a las 4 de la tarde y terminó a las 9 de la noche del 30 de junio. Un joven autor de 35 años llamado Rómulo Gallegos escribió días después: “Puede asegurarse que en pos del féretro del doctor José Gregorio Hernández, todos experimentamos el deseo de ser buenos”.  En la actualidad una placa de mármol y un nicho señalan el lugar del arrollamiento, el segundo en la historia de Caracas.

Fernando Bustamante fue arrestado, e imputado por “homicidio por imprudencia”. El chofer contó con la defensa de Pedro Manuel Arcaya, abogado e intelectual cercano al régimen de Juan Vicente Gómez. Entre los once testigos llamados a declarar figuró una bisnieta del prócer José Antonio Páez, vecina del lugar donde ocurrió el accidente. La familia de José Gregorio Hernández no presentó cargos y pidió clemencia para Bustamante, quien finalmente fue absuelto y liberado el 11 de febrero de 1920 tras pasar ocho meses en prisión. Falleció el 1 de noviembre de 1981 a la edad de 87 años. Hasta su último día tuvo la costumbre de encerrarse en su cuarto y guardar luto en cada aniversario de la tragedia que marcó su vida.

La causa para la santificación de José Gregorio Hernández abrió en 1949. La Santa Sede lo declaró “Siervo de Dios” en 1972  y en 1975 sus restos fueron exhumados del Cementerio General del Sur y enterrados en la Iglesia Nuestra Señora de La Candelaria de Caracas, donde hasta hoy siguen recibiendo numerosas visitas.

El 1986, el papa Juan Pablo II lo proclamó “Venerable”, reconociendo así su práctica de las virtudes cristianas en grado heroico y autorizando su culto privado. Siguen pendientes los dos milagros (para beatificación y canonización) que aseguren al “médico de los pobres” su definitiva subida a los altares.

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