Cuando faltan 5 pa las doce: Costumbres y tradiciones venezolanas para el 31 de diciembre

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De los quinientos dieciocho mil cuatrocientos minutos que pasamos del año en un constante ir y venir, deshojándonos en la cotidianidad, algunas veces haciendo lo necesario para sobrevivir y, en otras, dándole cierta trascendencia, existe un minuto que si no fuera por la carga emocional, simbólica y mística que representa para los casi treinta millones de venezolanos y venezolanas, sería apenas otro minuto más que marca la aguja del reloj…Pero resulta que ese minuto es especial, porque cuando termina su agonía y llegan las doce de la noche, se detonan miles de fuegos artificiales, cuyas explosiones y colores crean un portentoso mar de sonidos agudos, graves, delirantes y adrenalínicos al igual que desfilan en el cielo vistosas figuras policromáticas o se desparraman por la tierra, en direcciones repentinas o dirigidas, en fin, es el minuto final del viejo año que se va y el anuncio de la llegada del que llega.

Mediante las tradiciones y las costumbres, familiares y pueblerinas, mezcladas étnicamente desde 1492, intentamos dejar a un lado los “chécheres”, internos y externos, que vivimos y acumulamos durante los pasados 365 días, abriendo inmediatamente las puertas de la esperanza que nos permita en el nuevo año, lograr aquellos sueños que merecemos, concluir aquellos que no pudimos concretar, la misión que no supimos materializar.

El 31 de diciembre tiene para nuestro pueblo como para todos los pueblos del mundo, regidos por el calendario gregoriano, una carga simbólica radiante, de allí que existan diferentes maneras de festejarlo. De lo gastronómico, pasando por la superstición, del ritual cuyo origen se encuentra en los entresijos de la microhistoria hasta de la improvisación creativa o la que fue heredada de los abuelos de los abuelos hasta el abuelo o abuela traída del África, del ancestro indígena y del invasor ibérico.

Diría que durante las 24 horas del 31 de diciembre, el país entero se alborota de tal manera que, cuando va pereciendo la noche, cada quien se dispone para decirle adiós al año viejo, el mismo que cuando nació generó similar sismo de alegría y volcán de luces.

No obstante, habrá que separar, por la excepcionalidad y el dolor, aquellos hechos sucedidos en donde festejarlos sería una falta de respeto a la Humanidad, la Patria, (“Matria”, diría el célebre trujillano Mario Briceño Iragorri) la Familia y a uno mismo. Justo cuando las doce campanadas anuncian el final de un año y prorrumpe otro, en vez del jolgorio son lágrimas, caras compungidas, el alma cabizbaja, la penumbra y el silencio, quienes se apropian con intensidad perpleja del sentimiento colectivo o particular.

Celebraciones pintorescas, y “proféticas”

¿Quién no ha oído o disfrutado la “tradición nuestra” de comerse las doce uvas al compás del toque de las doce campanadas en la medianoche de la transición final? Por cada uva, un deseo….una promesa que pocas veces se cumple.

El origen de la tradición de comer las uvas tiene un precedente: un bando municipal del alcalde de Madrid ,(España) José Abascal y Carredano , de diciembre de 1882 , por el que se imponía una cuota de 1 duro (cinco pesetas ) a todos los que quisieran salir a recibir a los Reyes Magos . Esta tradición servía para ridiculizar a algunos forasteros que llegaban esos días y a quienes se les hacía creer que había que ir a buscar a los Reyes Magos la madrugada del 5 de enero ; se utilizaba, además, para beber y hacer cuanto ruido se quisiera. Con este bando José Abascal privó a los madrileños de la posibilidad de disfrutar de un día de fiesta en donde se permitiese casi todo.

Esto, junto a la costumbre de las familias acomodadas de tomar uvas y champán en la cena de Nochevieja, provocó que un grupo de madrileños decidieran ironizar la costumbre burguesa, acudiendo a la Puerta del Sol a tomar las uvas al son de las campanadas”.

Contamos en Venezuela con “Las uvas del tiempo”, el inmortal poema de Andrés Eloy Blanco, que ha marcado en mucho la costumbre y es casi imprescindible en las radios de nuestro país: “Madre, esta noche se nos muere un año…”

Otras

En medio de la algarabía por el Año Nuevo, aun sobrevive la superstición popular al creer que con un puñado de lentejas, simbolizadoras de monedas, mantenidas con fuerza en la mano o guardadas en abundancia en un bolsillo del pantalón, anunciaba bonanza económica.

Similar a esta creencia, que sobrevive lánguidamente en el imaginario popular como si se tratara de un auto de fe, hallamos la versión suministrada por una zuliana quien contó que el más antiguo recuerdo que tiene sobre la manera como celebraba en familia las doce de la noche del año ido y el minuto del año entrante era así:

– Tomaba con la mano izquierda un billete de la más alta denominación, y así aseguraba que durante el nuevo año nunca me faltarían los “cobres” ni la comida. Eso era un “tiro al piso”.

Mientras que, en cierta parte de los andes, sigue creyéndose que la copa llena de arroz en grano mezcladas con monedas, debe esparcirse por toda la casa cuando suenen las campanadas. Al igual que la vecina zuliana, así se “garantiza” el alimento y los ingresos económicos…

¿Dónde dejar a los que están sugestionados con aquello de agarrar una maleta, pasearla por toda la casa, inclusive, salir a la calle, para que quede firme la seguridad de que ese año saldría muchas veces de viaje?. Tradición ésta que traspasa nuestras fronteras y goza de buena cantidad de practicantes.

Ah! pero si de querer contraer matrimonio era el deseo por alcanzar durante cualquiera de los próximos doce meses por venir, entonces, hay quienes no dudan en el ritual de s entarse y volverse a parar con cada una de las doce campanadas. Aun cuando se diera el “casorio” no queda claro si ello incluía la certidumbre de haber conseguido la media naranja “…hasta cuando la muerte los separe”.

El estreno

Lo de la ropa nueva para “estrenar” el 24 y 31 de diciembre, tiene en Venezuela una influencia viva.

También están quienes en Oriente, Llanos o centro del país visten ropa interior amarilla la noche de fin de año, como certidumbre de que habrá felicidad y buenos momentos. “Mejor usarla por el revés y cambiarla al derecho, después de medianoche. Mucho mejor si los calzones son regalados”.

Una mezcla de la religión cristiana con supersticiones, un vendaval de noticias calamitosas lanzadas a fin de año, por los medios privados de comunicación, a manera de resúmenes noticiosos, y la lucha permanente por el poder de fuerzas políticas adversas, crean el ambiente “pesado” que hace pensar en un futuro “difícil”, por no decir, desventurado y deprimente.

Por más que la fe no orgánica, es decir, la creencia directa en el Dios verdadero y no interpretado, sin intermediarios, y ciertas condiciones socio-económicas objetivas empujen hacia un porvenir mejor, los pueblos crean y se recrean en tradiciones que perduran de un siglo a otro.

Faltan 5 pa’ las doce

A lo largo y ancho del país no son pocos, por ejemplo los que en familia o individual , limpian y ordenan la casa, pues, para decirlo con una astróloga “el estado del lugar en que vives reflejará el desarrollo de tu vida el año que comienza. “Entre más limpia, ordenada y radiante, mejor será tu vida”.

Somos una nación dotada de un sincretismo cultural diverso para todo aquello que quiera expresar nuestra manera ser y hacer el presente y lograr un futuro justo, por eso, cuando la campanada número 12 concluye, no extraña ver al vecino, al hermano, a la amiga “encender velas blancas, rojas y verdes y dejarlas encendidas, en un lugar a prueba de incendios, hasta que se consuman por completo. Deben estar encendidas a la medianoche. Estas velas representan amor, armonía, salud y prosperidad para el año.

Mucho más allá de esta o aquella ritualización, tradición o conseja popular se mantiene la costumbre de estar al lado de la madre. Es una “obligación” que supera cualquier ritual, superstición o práctica religiosa y se convierte en la acción de insuperable belleza humana en ese instante de cierre y apertura de año. Se puede estar distante, en términos de espacio y tiempo, padeciendo de una enfermedad pasajera o fatal, ocupado en un oficio mercantil o de servicio público, es decir, envuelto en una circunstancia que en días normales no exigen encontrarse con la madre, pero el 31 de diciembre estar con ella, la que nos arrulló en su vientre y amamantó leche-savia, es una costumbre arraigada en el corazón de la venezolanidad.

Las campanas de la iglesia están sonando,
anunciando que el año viejo se va.
Una linda viejecita que me espera
en la noche de mi eterna Navidad.
Falta cinco pa’ las doce,
el año va a terminar,
me voy corriendo a mi casa,
a abrazar a mi mamá…

Título: Faltan cinco pa’ las 12.

Autor: Oswaldo Oropeza.

Interpretado por: Néstor Zavarce

Para quienes la tenemos sembrada en la tierra, siempre aislamos un minuto en medio del bullicio de la medianoche más escandalosa del planeta, para enviarle la bendición y más de una lágrima se desliza entre las mejillas queriéndonos decir que aun vive en nuestra sangre, porque ella fue quien nos enseñó más de la mitad el arte y la dicha de vivir…

Y con esta misma espiritualidad entrañable, está otra sublime tradición: reunirse en familia. Hermanos y hermanas, padre y madre, sobrinos y sobrinas, nietos y nietas, cuñados y cuñadas, yernos y nueras se encuentran una vez al año para darse el abrazo, irrigando ese gozo imposible de describir ni siquiera en una o tres palabras.

La sensación de esperar el cañonazo, típico en algunas poblaciones donde operaron o siguen operando industrias mineras (petroleras, particularmente) o estaciones de Bomberos que utilizan silbatos que, por extensión, la gente asocia con un “cañonazo”, está unido a la ansiedad por el momento para festejar y bailar hasta el amanecer.

Los teléfonos repican, los vecinos salen a las calles, los espectáculos pirotécnicos iluminan el cielo y crean un festival de colores inolvidable, algunos lloran por los recuerdos de un buen año y otros celebran con la ilusión de lo que vendrá.

Lo cierto es que los pueblos celebran en forma recurrente la partida del que se va y la llegada del recién venido, enaltecen la siembra y la cosecha, algunos separan la vida de la muerte, celebran la victoria y honran la derrota, construyen festejos como queriendo entregarle al tiempo (pasado, presente y futuro) el mejor ritual que exprese la identidad.

Aunque, en el caso del 31 de diciembre con la medianoche del Viejo Año y amanecer del Nuevo Año pudiera decirse que,” no es sólo un momento en que florece la esperanza, sino también, los miedos concretos o difusos a lo que puede ocurrir.

Yo no olvido al año viejo
Porque me ha dejado cosas muy buenas:
Me dejó una chiva,
Una burra negra,
Una yegua blanca
Y una buena suegra.

…y después con un profundo y sincero abrazo virtual, la frase por siempre inmortal…

¡FELIZ AÑO!

elmerninoconsultor@gmail.com

Tomado dela revista La ReVuelta, del Ministerio de Cultura

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