Obregado, panaderos, por Alejandro Armas

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La arremetida del Gobierno contra las panaderías sería digna de colarse como ilustración al concepto de “salvajada” en cualquier diccionario. Resulta completamente indignante atestiguar la humillación y criminalización a la que son sometidos encargados y trabajadores de estos negocios, casi siempre pequeños, por fiscales de la Sundde y colectivos chavistas. La actitud de estos denota la soberbia de quien se sabe protegido por el poder y está facultado para pisotear a quien le dé la gana.

Los panaderos se valen de los cada vez menos medios de comunicación libres de control oficialista para alertar a la población que están bien lejos de contar con suficiente materia prima para satisfacer la demanda de pan. ¿Y por qué? Porque los molinos que transforman el trigo en harina a su vez tienen muy poco de este insumo. De nuevo, ¿por qué? Porque el trigo no se cosecha en Venezuela y hay que importarlo. Tercera vez, ¿por qué? Porque el Gobierno monopolizó la importación de alimentos mediante su control cambiario y, tras años de despilfarro y corruptelas, ahora está corto en moneda verde. La falta de transparencia en el manejo de esas divisas, en teoría propiedad del público, es tal que no se informa desde hace años a quién le dan dólares, cuánto le dan y cómo se usan.

Pero, está prohibido pensar en juego sucio por ese lado. Nos exigen creer que si hay una mafia en este país es la de los panaderos, unidos en una especie de asociación perversa con el único propósito de hacer pasar hambre al pueblo y generar malestar social que desestabilice la gloriosa e inmaculada revolución bolivariana (me doy cuenta mientras escribo que he recreado tantas veces el discurso victimista de este gobierno nefasto, que ya me resulta repugnante repetirlo hasta en sentido sarcástico).

Por insólito que parezca, ¡todavía hay gente que les cree! Son cada vez menos, pero los hay, prueba viviente del grado de alienación al que es capaz de llegar el ser humano. Por ejemplo, en el contexto de la emblemática panadería de la avenida Baralt tomada por “colectivos panaderos” (a la cual, aunque sus ocupantes aseguran que la medida durará no más de 90 días, cambiaron el nombre y pegaron en las paredes afiches de Chávez), una señora de la zona manifestó su total apoyo porque “el pueblo no puede permitir que portugueses y extranjeros le roben la comida” (en honor a la verdad, otro vecino le replicaba frente a las cámaras de la prensa que “los verdaderos ladrones están en Miraflores”).

Admito que me causaron una conmoción profunda las palabras de la mujer. Siempre he considerado a Venezuela en líneas generales como una nación generosa con quienes llegan de otras tierras. Es muy lamentable cómo el chavismo ha impregnado de xenofobia a unos cuantos de sus habitantes. Xenofobia que, por cierto, de marxista no tiene nada. Se asemeja más al fascismo y sus derivados hoy tan en boga en el Viejo Continente. Es más fácil seducir a las masas con un sentimiento de nacionalidad inherentemente grandiosa y destinada a un porvenir de gloria no logrado hasta ahora por la mezquindad de extranjeros, que poniéndolas a leer Miseria de la filosofía.

Los venezolanos tenemos mucho que agradecer a las diferentes oleadas de inmigrantes que ha recibido a lo largo de nuestra historia. Los portugueses, italianos y españoles que arribaron de forma masiva en los años 40, 50 y 60 no son la excepción. Fueron ellos quienes, por ejemplo, nos contagiaron por primera vez el gusto por el fútbol. Nos han deleitado con sus gastronomías y hecho aportes considerables a la nuestra que, como prácticamente todo lo venezolano, es inherentemente mestiza y multicultural. Sin embargo, pienso que tal vez su aporte más importante fue el valor del trabajo duro como fuente de riqueza y superación. Eso no quiere decir que antes de su llegada no hubiera venezolanos trabajadores. Pero sí debo decir que su ejemplo fue un impulso de esta manera de pensar en medio de una cultura acostumbrada por demasiadas generaciones a la prosperidad fácil por obra y gracia de la renta petrolera.

Recordemos que muchos de esos inmigrantes desembarcaron en La Guaira o Puerto Cabello con una mano adelante y otra atrás. Venían de las partes más pobres de Europa occidental, de países devastados por la guerra y regímenes totalitarios. Aquí comenzaron con emprendimientos pequeños que, con años de esfuerzo, les permitieron progresar individualmente a la vez que aportaban a la sociedad con productos y empleos.

El caso lusitano fue el más marcado en cuanto a inmigración en búsqueda de mejores vidas se refiere. Portugal entró al siglo XX con un atraso considerable en comparación con otros países europeos. No era una nación industrializada, como Alemania, Gran Bretaña o Francia, sino rural. Al igual que España, en algún momento entre los siglos XVIII y XIX se estancó en contables aspectos económicos y sociales. El incuestionable prestigio político del que gozaron las dos monarquías ibéricas luego del descubrimiento de América era cosa del pasado. Y aunque Portugal mantenía grandes colonias en África y pequeños enclaves en Asia, al comienzo del siglo pasado era un jugador menor en el tablero imperialista (en una época en la que tener colonias era símbolo de prestigio para cualquier potencia que reclamara para sí tal condición).

Aunque, a diferencia de su vecina, Portugal no pasó por una guerra civil, igualmente cayó en manos de una dictadura fascista incluso antes que España. Fue el llamado Estado Novo, gobernado con puño de hierro por António de Oliveira Salazar entre 1932 y poco antes de su muerte en 1968. Su sucesor no pudo mantener el control del país y fue removido en la Revolución de los Claveles de 1974, momento a partir del cual Portugal se transformó en la democracia que es hoy. Pero en el ínterin, durante esas más de cinco décadas en un ambiente de pobreza y represión, muchísimos lusos decidieron migrar a América Latina. La mayoría, por razones obvias, se trasladó a Brasil. Pero Venezuela fue el segundo destino más escogido por ellos, a pesar de que había otras naciones con mayor calidad de vida en la región.

Los portugueses aquí son asociados sobre todo con panaderías, abastos y supermercados. Aunque quizás abusar de ello resulte en un estereotipo, no es mentira que ellos se inclinaron particularmente por estos negocios. Y ahora, luego de tanta dedicación y contribuciones a una Venezuela mejor, esos panaderos portugueses (y no portugueses) están en riesgo de que les quiten todo. Para colmo, los sacan de sus propios locales en medio de ofensas xenofóbicas.

El chavismo no solamente pretende que los panaderos sean sus chivos expiatorios en la escasez de comida. Arremete además contra ellos porque simbolizan lo que más detesta: el progreso como resultado del trabajo individual, sin dependencia del Estado o lealtad a un proyecto político. Si hay un empresario ideal en la psiquis revolucionaria, es ese que hace grandes negocios con el Ejecutivo para satisfacer los deseos del mismo, todo esto sobre la base del monopolio gubernamental sobre los dólares (de ellos se vieron unos cuantos ejemplares en el Poliedro ayer).

Si algo bueno se ha visto de esta “guerra del pan” es la reacción de la comunidad de Altagracia a la toma de la panadería en la Av. Baralt. Dese el año pasado varios estudios de opinión pública han detectado un rechazo abrumador entre los venezolanos a más expropiaciones. La gente se ha dado cuenta de qué ha pasado con Clorox, Aceites Diana, Lácteos Los Andes y Café Fama de América, solo por poner cuatro ejemplos. Está harta de eso y lo demostró el martes en la noche exigiendo que la panadería fuera devuelta a sus dueños. Al chavismo no le quedó más remedio que reaccionar con el único recurso de control que le queda: el miedo, las amenazas de violencia por grupos parapoliciales que, encapuchados cual asaltantes de bancos, se metieron en los edificios para exigir el cese de la protesta, bajo el grito de “las calles son del pueblo, no de la burguesía” (pregúntese usted qué burguesía vive en Altagracia, a menos que el oficialismo asuma que la población de la parroquia, donde la oposición duplicó a los rojos en las últimas elecciones, por eso se “aburguesó”).

Aquello fue un gesto noble de la gente y, sobre todo, muy esperanzador. Si el propietario de esa panadería y otros deciden irse a Portugal, y nadie puede culparlo si es así, espero que se lleve como último recuerdo de Venezuela, no los insultos del lumpen, sino el grito de justicia y aprecio elevado esa noche en Altagracia. A esos panaderos la mayoría de los venezolanos les dice obregado.

@AAAD25

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