Venezuela: crueldad refinada, por Carolina Jaimes Branger

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Cuando creo que ya no existe algo que me sorprenda de los sucesos en Venezuela, siempre pasa alguna cosa que me descoloca, me desgarra, me aterra. Algo que me parte el corazón. Cada día es uno, son dos, tres, cuatro asesinados por protestar. Y encima de eso, la brutalidad desatada. No tengo palabras para expresar lo que sentí cuando vi el video del niñito de once años en el Zulia, a quien unos transeúntes encontraron amarrado y quemado en la espalda por una bomba lacrimógena que dejaron a su lado. Al momento cuando escribo estas líneas, no se ha corroborado oficialmente quiénes fueron los autores del hecho. Sea quien sea el que lo haya hecho, nos encontramos ante un episodio de crueldad refinada. Sadismo en su máxima expresión. Porque quienes hicieron eso disfrutaron haciéndole daño al niño; si no, no lo hubieran hecho.

Atrocidad, ferocidad, perversidad, ensañamiento. Hablé con uno de los que presenció el encuentro, quien prefirió no ser identificado, y me contó que en efecto, hallaron al niño atado de manos, llorando. Uno de dos videos que se volvieron virales muestra cuán ceñida estaba la cuerda que tenía en las muñecas. Si no lo hubieran encontrado y auxiliado a tiempo, se le hubieran gangrenado las manos. Al desatarlo, una señora le levantó la franela y quedó al descubierto su espalda quemada. Quemaduras de tercer grado.

La señora socorrista lloraba y gritaba desconsolada. Su desconsuelo me puso peor, porque yo entendía perfectamente sus sentimientos, que eran también los míos y los de cualquier persona normal que tenga hijos. Y digo “normal” porque aquello era totalmente anormal. Dantesco. Repulsivo.

El niño lloraba adolorido, quizás hasta incrédulo de lo que le había sucedido. Tal vez se preguntaría el por qué, pero para esos porqués no hay respuesta que pueda dársele a alguien de su edad. Es indígena, presumo que guajiro, y no habla bien el español. Estaba simplemente aterrado. Refieren que paseaba por el sector Sambilito de Maracaibo con su hermana, cuando los atacantes llegaron y sin mediar palabra, lo agarraron, lo ataron, lo quemaron, lo empujaron y lo abandonaron. Es de hacer notar que portaban una bomba lacrimógena, el instrumento con lo que lo quemaron. Sádicos. Sádicos. ¡Sádicos! ¿Quiénes portan bombas lacrimógenas?… ¿Es que las bombas lacrimógenas las venden en los supermercados, o en las quincallas, o en las panaderías?… ¡Una bomba lacrimógena no la tiene cualquiera! Esos delitos no prescriben. Hoy se sienten muy empoderados, pero en esta tierra se paga todo.

¿Qué ser que se considere humano puede hacerle daño a un niño?… ¿Qué tienen en el alma quienes por placer queman a un niño indefenso, que es pequeño y menudo, para empeorar el cuadro?… ¿Es que acaso un niño puede ser considerado como enemigo por un grupo de adultos que encima de todo llevan consigo como mínimo una bomba lacrimógena, que se sepa? ¿Qué sucede en la vida de alguien para que pierda la empatía con sus semejantes de esa manera?… Todas estas interrogantes aún sin respuesta, por desgracia, tienen sus sospechosos… Los sospechosos habituales.

Supe que la periodista Idania Chirinos se encargó de que el niño fuera llevado a una clínica y corrió con los gastos de su tratamiento. Me imagino el dolor de Idania como zuliana de ver a un paisanito en aquella tortura. Ella y quienes rescataron al niño son almas misericordiosas en medio de tanta maldad. ¡Yo no nací ni crecí en un país así! Venezuela se me ha vuelto ajena.

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